jueves, 24 de octubre de 2013

Mi abuelo era Dick Van Dyke

Hoy acá vamos de cuento y vamos con mi abuelo. Porque sí.
A Oscar F. Tobler

Para salir de mi barrio tengo que dar vuelta la esquina y subir por la calle de asfalto. Esa que me lleva y trae todos los días. Es empinada. De ida, a cierta altura, hay que disminuir la intensidad de la marcha. Sucede a mitad de la cuadra. Justo adonde está la casa del Show de Dick Van Dyke.
Cada vez que paso —y paso desde hace mucho tiempo— imagino que viven los Petrie y quiero entrar. Miro los escalones, las líneas voladas, esa exagerada modernidad de los 60´s; tan encantadora, además.
Voy despacio pero avanzo, para no despertar sospechas, como si alguien pudiera adivinar lo que pasa por mi cabeza. Como si alguien supiera que algún día voy a entrar porque quiero un nuevo episodio pero, esta vez, conmigo adentro.
Podría suceder a la tarde, así espero el momento en que Dick Van Dyke abre la puerta y dice: “ya llegué, cariño”, y Mary Tyler Moore aparece con una copa en la mano. Para él. Un martini que se me ocurre el colmo de la exquisitez, especialmente por la aceituna en el fondo. Y la forma de la copa como triángulo equilátero que repite invertido el modelito evasé del vestido. Ah, la belleza de las líneas puras.
Dick aparece en su personaje de Rob y tropieza con el puff de la entrada. Aparece con esa musiquita liviana que predispone el ánimo a la risa. Cae al piso en una voltereta acrobática mientras Mary en el papel de Laura (¡Laura!) también se enreda con gracia. Porque ellos son así, torpes con coreografía. Flotan en equívocos y traspiés. Me muestran el costado etéreo de la torpeza. A mí precisamente. Pero dentro de aquella casa yo también voy a tener esas cualidades. Lo he pensado largamente. Cada vez que he pasado por el frente. La materia allí se aliviana. Como Rob y su jocosidad permanente ¿Algún hombre es capaz de sostener esa sonrisa espléndida, tarde a tarde, durante todas las veces que llega a su casa? Rob sí ¿Alguna mujer se mueve en su rutina doméstica como una Maya Plisetskaya? Laura, por supuesto. Que, bien pensado, voy a ser yo. O sea Laura soy yo. Para qué andar con vueltas.
Voy a recibir a Rob con desabillé de matelasse blanco y un martini  seco, también para mí, si no qué gracia. Desde el primer momento nos vamos a cruzar guiños cómplices y chistes animados. Bromas elegantes: el ambiente reclama un toque de distinción. Y para completar el momento de placer mundano, Rob va a tomarme de la cintura breve, flexible, y yo, voy a girar en sus brazos al ritmo de “Dream a little dream of me”. Y mientras giro, Rob sonríe y hace muecas con esa simpatía que me puede. Dick Van Dyke en la casa de su show me conduce entre muebles de estilo americano, tostadoras eléctricas y un combinado reluciente. En la mano sostengo la copa. Mientras bailo, la sostengo, sin que se derrame una gota. Giro y miro a Dick que es igual a mi abuelo. Es mi abuelo.
Esa casa es la casa del Show de Dick Van Dyke y mi abuelo es Dick. Y me lleva por toda la habitación mientras suena la música. Me tiene en brazos porque me he vuelto pequeña. Y lo que suena ahora ha perdido su sonido de alta fidelidad porque sale de una radio mal sintonizada. O a lo mejor es la única sintonía que puede. Mi abuelo es el hombre más simpático del planeta. Ríe como nadie y cada vez que entra por esa puerta tiene un gesto que me reconcilia con el universo. El mismo gesto de Dick Van Dyke.
La copita también redujo su tamaño y es de ginebra. Mi abuelo me levanta y me hace girar por el aire. También toma su vermú pero las pretensiones mundanas no soportan la jubilación en esta esquina del mundo.
Mi abuelo ha puesto un tango en la radio. No me gusta nada. Prefiero la tele bien fuerte como sonido de fondo. Tengo suerte si está el show, su música que me vuelve a la danza, a los martinis, a la liviandad amable de un mundo feliz. Y mi abuelo, me sienta sobre sus rodillas, y me hace una broma elegante. Porque la pobreza no quita el don de gente, ¿así era? Me hace olvidar el mantel de hule y los pocillos de todos colores. Mi abuelo me hace olvidar de lo que quiera.
Acá a la vuelta está la casa del show de Dick Van Dyke. Un día de estos voy a entrar y voy a decir: “Gracias por el martini, cariño. Sos adorable”.
Y voy a bailar hasta el cansancio en brazos de mi abuelo, “Dream a little dream of me” y “La cumparcita” todo junto y manteniendo el ritmo. Con elegancia y, ¿a quién le cabe duda? con alegría. Con la más auténtica alegría.




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