martes, 9 de octubre de 2018


La lengua de las ranas
(Sigiloso y fugaz acecho poético)
Qué es la poesía:
·                     ¿Una disposición?
·                     ¿Un movimiento en el mundo?
·                     ¿Una forma de vida?
·                     ¿Quizá el modo más humano de entrar en relación con algo?

Las ranas esperan quietas como budas a orillas de una acequia.
Atentas al movimiento.  
Cuando un insecto se acerca, sin salir de esa quietud alerta, la rana, despliega una lengua sigilosa y con movimiento preciso, pesca al bicho.
En un abrir y cerrar de ojos, sin alarde, porque se trata de un acto imperceptible, un truco de magia, sobre todo ejecutado con economía de movimiento, la rana captura su presa.
Durante mucho tiempo para explicar el procedimiento de la rana se recurrió a una explicación mecánica. Se dijo que la lengua envuelve el insecto y lo trae dentro de la boca.
Pero hay más.
Hace poco advirtieron que entre la lengua y la presa existe una saliva reversible: pringosa y de alta adherencia en el movimiento de primer contacto que enseguida se vuelve delgada y acuosa para cubrir con delicadeza el cuerpo del insecto.
El fluido que segrega la lengua de la rana, transparente, dúctil, imperceptible a la vista es evidente en su eficacia.
Por un instante fugaz, el de la captura, la continuidad orgánica entre cazadora y presa es total. Una se pierde en la forma de la otra. Son una y son dos de manera simultánea.
Quisiera tomar el atajo de este juego metafórico para hablar del trabajo de lo poético sobre lo humano.
En el trabajo con la poesía hay una forma que busca el rodeo de la cosa hasta hacerla parte propia. Como la lengua de la rana.
Como el recorrido de una caricia.
Entre la mano que se desliza y la superficie acariciada hay una tibieza, un magnetismo amoroso se derrama entre dos que se dicen algo sin palabras. Ese aire investido de amor que separa y conecta al mismo tiempo existe, es materia aunque no se ve, y es difícil de nombrar pero tiene efecto poderoso. Pasa algo y una sale distinta cuando la caricia ha capturado, ha conmovido.
Es difícil imaginar que alguien que no ha sido iniciado en la caricia pueda prodigar a otro ese gesto amoroso.
Es difícil imaginar que alguien humano no ha tenido la oportunidad de ser realmente acariciado con la fuerza imantada del afecto.
En ese espacio intersticial está la diferencia. Y se cultiva con generosidad genuina. Si tuviera que ponerle un nombre a ese espacio lo llamaría espíritu.
El espíritu aparece en el intersticio que se despliega entre una y lo otro. Es una zona liberada: libre de intereses, de impuestos, de ganancias calculadas.
Una acaricia a un hijo es su iniciación a la humanidad y sucede sin que nos lo propongamos. Un cuerpo humano necesita espíritu y se lo damos con la inauguración del espacio entre dos, en ese pliegue amoroso.
Son esos momentos intensos en los que las percepciones se expanden, se pierde la noción del tiempo, se expresan en el cuerpo sutiles matices nuevos.
Como una primavera.
Además de ser iniciados de ese modo en la escritura del cuerpo, en la densidad  exponencial de la recepción perceptiva, habremos de serlo también en el trabajo de cultivo de ese espacio en una misma.  Una disponibilidad a dejarse tocar, y eso, es en extremo difícil. Una delicada línea entre la confianza y el cuidado.
Entre intuición y pensamiento.
Lo poético procede de este espacio entre la lengua y lo otro. Me atrevo a decir que lo poético es el espíritu de la lengua. La zona intersticial entre el órgano de la rana y la presa. La secreción de esa lengua como acto cuidadoso de captura.
Y es eficaz justamente por su cualidad dúctil, líquida, de adhesión no forzada a la cosa.
Muchas veces se quiso explicar lo poético desde el trabajo mecánico de la lengua. Porque tiene regularidades y procedimientos anticipables. La rima y la métrica como formas preestablecidas facilitan la definición pero son totalmente incompletas para atrapar la esencia de lo poético, el espíritu innombrable, eso que toca o no toca, la adhesión magnética de los sonidos y la forma a la experiencia que ha querido capturarse.
Sin embargo, es una disponibilidad que se trabaja. No es natural ni espontánea. Así como es difícil imaginar que alguien que no ha sido iniciado en la caricia pueda prodigar a otro ese gesto amoroso, es difícil imaginar que alguien que no ha sido iniciado en lo poético (en el cultivo de la cobertura intersticial poética del mundo) pueda despertarla en otros.
Entonces otra vez hay que recordar que la escuela es la gran ocasión para el gesto democrático de ofrecer accesos a estos bienes intangibles, humanos, culturales y sensibles.
¿Y esto cómo se enseña?
Así como no hay una lengua de rana premoldeada para un insecto u otro sino que cada vez hay un trabajo de captura sensible, envoltura suave de la presa acomodada a su forma, así la iniciación poética es de habilitación de ese intersticio espiritual, disponibilidad para la entrega y entrada cuidadosa a una zona de las palabras envueltas, rodeadas, estimuladas bajo el pliegue sensorial, intelectual, emocional del cuerpo propio.
Se ofrecen espacios de densidad poética.
Se ofrece la experiencia de lo que ha abierto la poesía en una misma. Como un don. Como la caricia que humaniza al hijo recién nacido.
Hay que saber que es trabajo de tiempo demorado, de confianza para dejar hacer a la materia del poema sobre el cuerpo. Dejar que los sonidos, las voces, recubran la superficie sensible, penetren y toquen. El poema puede interpretarse como una partitura y hacerse marca sonora o puede seguir la huella de la memoria sonora del cuerpo que lee en silencio, que ya ha tenido anteriores experiencias abundantes.
Dar tiempo a que la lengua de cada lector segregue su propia sustancia de adhesión al poema. Dejar que las sensorialidades conecten con el pensamiento de manera voluptuosa porque hay un eros del pensar y del sentir que será preciso dejar venir para que realmente suceda algo del orden de lo poético.
Entonces muchas veces, quienes enseñamos, los que nos proponemos iniciar a otros en poesía somos de pronto presas de la adhesión sensible a un texto poético, somos sorprendidos e iniciados en una nueva zona receptiva, entregados al asombro. La captura de un resplandor tiene efecto poético.
Las ranas a veces también son presas:

La garza

Todas las veces
salvo una
los pececitos
y las ranas con lunares
reconocen
las patas de bambú
de la garza
a partir de las finas
y pulidas cañas
en los bordes
del sedoso mundo
de agua.
Luego,
en su última pulgada de tiempo,
ven,
por un instante,
la blanca espuma
de sus hombros
y la blanca curva
de su panza
y la blanca llama
de su cabeza.
¿Qué más se puede decir
de semejantes nadadores salvajes?
Estaban acá,
en silencio,
ya desaparecieron, habiendo saboreado
el terror puro.
Por eso inventé palabras
con las cuales pararme atrás,
en la orilla verde-
con las cuales decir:
¡Miren! ¡Miren!
¿Qué es esa muerte negra
que se abre
como una blanca puerta? (1)
Mary Oliver (Maple Heights, Ohio, 1935), versión de Tomás Maver
Gentileza de Natalia Litvinova
Paso los ojos sobre las palabras, su disposición en el papel, dentro mío suenan y acompaño tan profunda, intensamente a las ranas y los pececitos entre las patas de las garzas, siento que la materia sobre la que estoy es agua, tiene su densidad y fluidez. Percibo la claridad eventual de un rayo de sol que atraviesa la transparencia velada de la orilla, me muevo sedosa entre plantas acuáticas en una espacie de limbo fresco lleno de vida y de pronto algo me saca, se hace luz repentina y me traga. Eso llega a mí, en virtud del trabajo aéreo sobre la página, en adhesión conmovedora. Lo siento. Lo entiendo con una comprensión por lejos más enorme que la que he intentado con palabras precarias.
Se hace experiencia vital.
Me parece que se puede aprender algo más de la rana al acecho. Hay atmósferas que hacen propicia la entrada a lo poético. Y hay un trabajo sobre esas atmósferas y una misma. Unas técnicas sobre el cómo estar:
La disponibilidad para la contemplación, la meditación. Un estado de quietud alerta. De expansión sensible, presencia acompasada a lo otro. Dejar que el ritmo de lo que rodea se encuentre con el ritmo propio, la respiración, las respiraciones que buscan entrar al poema.
Me gustaría para terminar leerles un poema. Jugar con ustedes a que el vestido es la poesía y lo que le regalaron a la nena ha sido un poema.
Con permiso de Florencia Gattari:

Vestido nuevo

Era noviembre y una nena recibió de regalo un vestido.  
Enseguida se lo puso.
Pero nunca parecía buen momento para sacárselo.
Pasó el verano con sus soles y llegó el otoño con sus vientos.
La nena lo saludó entre volados.
Después de todo, ¿quién dice cuándo
es tiempo de sacarse un vestido?
¿Una mancha, tres arrugas,
el hilito que asoma
de un dobladillo
que se
des
co
se
?
Los vientos venían de otros otoños que quedaban lejos. Arrastraban papeles, perfumes, hojas secas.
También semillas que los pájaros dejaban olvidadas en cualquier parte.
 Aunque, ¿cuál es el lugar mejor
para una semilla?
¿El bosque,
un cantero,
una maceta,
el borde
de qué camino,
de qué jardín?
En el invierno, sobre el vestido hubo gorros y tapados y bufandas. Sumando capas de cebolla, no es difícil convertir un solero de noviembre en un traje de astronauta de julio.
Cuando volvió la primavera, la nena se sacó las bufandas, los tapados, el gorro. Y quiso ponerse radiante, como todo a su alrededor.
Pero le costó peinarse los brotes.
Uno de esos días le creció el tronco y se le alejó el piso.

 Porque quién sabe cuándo crece un árbol.
Y una nena, ¿cuándo?
Al principio tuvo vértigo y pensó en bajarse del vestido. O sacarse el árbol.
Esperó.
Descubrió que mirando para arriba se mareaba menos. Aprendió un idioma de silbidos mientras le florecían los bolsillos y le verdeaba el ruedo con hojas recién nacidas.
Hasta que una tarde decidió cambiarse de ropa.
Estuvieron de acuerdo: árbol y nena.

Se desprendió los botones y los brotes, y bajó.
Su familia organizó una fiesta para celebrar la vuelta de la nena. Y el cambio de vestido.
Le regalaron como veinte, de todas las telas, de todos los colores.
La nena eligió uno y se lo puso.
Por la ventana, les hizo un guiño a los pájaros del viento.
Hay muchos modos de lucir un vestido.
Hay muchos modos de cultivar un jardín. (2)

Que los poemas que lean en sus clases sean para sus iniciados/as como un vestido que no se quieren sacar. Que se hagan árboles, reciban semillas que broten otros poemas de los bolsillos, de los pliegues y dobleces, de la libertad de sacarse, ponerse, dejarse; en maceta, bosque o cantero. Que se hagan deseo propio muy profundo porque vaya a saber qué es la poesía, pero necesitamos su revolución sensible, su resplandor, su humanidad.

(2)
Resultado de imagen para el vestido nuevo florencia gattari


(1) The Egret


Every time
but one
the little fish
and the green
and spotted frogs
know
the egret’s bamboo legs
from the thin
and polished reeds
at the edge
of the silky world
of water.
Then,
in their last inch of time,
they see,
for an instant,
the white froth
of her shoulders,
and the white scrolls
of her belly,
and the white flame
of her head.
What more can you say
about such wild swimmers?
They were here,
they were silent,
they are gone, having tasted
sheer terror.
Therefore I have invented words
with which to stand back
on the weedy shore—
with which to say:
Look! Look!
What is this dark death
that opens
like a white door?

jueves, 6 de septiembre de 2018

Un principio poético


Todxs venimos, o deberíamos venir, de un acto inaugural poético. Que es como decir: de un deseo.
Un principio poético


Una voz me dio la bienvenida al mundo.
El acto amoroso inaugural fue una secuencia de sonidos engarzados en el aire por una voz humana que anticipó un lugar para mí dentro de la comunidad. No estaba sola. Y el trazo sonoro, esa marca, también fue un lazo de confianza. Para poder vivir al principio hay que creer en los demás. En algún otro que abre el camino a los otros.
Y a las cosas.
Alguna vez escuché un nombre anterior a todos los nombres y la cosa nombrada renació como aire que vibra en las cuerdas de un cuerpo.
Algo me nombró y me dio el don de nombrar en el tiempo perdido para la memoria que es la infancia. Ese momento en que la palabra todavía no asume su función instrumental y es el alma de las cosas. Se dice de los niños que tienen pensamiento animista, cuando el eco de las cosas son sus nombres, cuando los nombres llevan a una experiencia sensorial, intensa, primitiva. Cuando el nombre es sustancia y queda ligado a las cosas por creencia.
La palabra creencia en su origen quiere decir confianza.
Pero el iluminismo y la codicia racional olvidan la belleza de la creencia, no es redituable, se equivoca con el error del deseo. Las cuentas no dan porque el deseo escapa al cálculo y es sorpresivo, furtivo. Los fanáticos del saber domesticable olvidan que la razón apoya su arquitectura sobre ese resto subterráneo e inquietante que es el animismo.
O, si me permiten, la materia poética.
No estoy invitando a prescindir de la razón. Me apoyo en sus principios para la trasmisión y valoro su trabajo por la claridad, sin olvidar que detrás de la claridad hay sombra. Nadie accede a la razón sin sustrato de creencia. Sin aquel gesto originario que nos hizo un lugar en esta comunidad humana y verbal aunque de las palabras entendiéramos únicamente su matiz amoroso. Ninguna es más valiosa que la otra: razón y animismo. Son las dos.
El movimiento de negar la creencia es inútil: cuando más se sofoca más salvaje encarna. Porque ha sido la experiencia de entrada del nombre de las cosas al cuerpo. Si se la niega hace síntoma y es sufrimiento. Incluso en el cuerpo social, ya lo vemos, una lógica de ganancia pura deshumaniza. Arrasa con la vitalidad, y qué paradoja, con la alegría.
Qué otro lugar darle a eso que pulsa debajo de la lengua, a esa creencia que animiza la materialidad del sonido, qué lugar mejor que el de la poesía.
No hay que inventarlo: está ahí. Es procedimiento de la infancia: mirar poéticamente.
Abrir el espacio moroso a la palabra, detener la mirada, dejarla hacer reposadamente sobre las cosas, jugar. Escuchar el sonido del viento entre las hojas de los árboles, pasar la palma de la mano por el copete de una flor de cardo, mirar hormigas, oler el perfume de los paraísos en primavera, dibujar. Esos pueden ser, cuando se cree en ellos y se les da el tiempo y la atención suficientes, actos profundamente poéticos. Se escribe y se lee con el cuerpo para leer y escribir después.
Dice Mary Oliver en su poema A veces:
Instrucciones para vivir una vida:
Prestar atención
Sorprenderse
Contarlo.
Leer y escribir como continuidad del cuerpo.
A veces nos olvidamos, nos alejamos de la poesía, la pensamos distante y sofisticada, pero la puerta de entrada estaba ahí, todos venimos de un acto de creación, de un principio amoroso, inaugural, poético.
Si renunciamos al trabajo que hace en nosotros el pensamiento animista nos despojamos de eso que también que somos y es una pena reducirnos a lo que se espera en la trampa de una economía opresiva: adultos ocupados en la utilidad, la rentabilidad del tiempo, surfeando sobre las cosas ya sin esperar que nos digan nada más, claro, les quitamos el alma, que es como decir, les quitamos la poesía.
La poesía ocupa con naturalidad el espacio de la infancia si no pretendemos domesticar niñitos razonables y útiles a nuestras necesidades.
Esta es una invitación a dejarse trabajar por lo poético que necesita detenimiento, espera de uno mismo para conectar de modo amoroso con los otros. A olvidar por un rato la tiranía de la razón y su fascinación por lo evidente y la acumulación superflua de palabras.
Se pueden leer muchísimos libros sin haber leído nada.
Para la infancia la memoria es poética. Para todos nosotros no hay otra memoria que la de la infancia. Estamos hechos de eso que nos preguntamos cómo acercar a los chicos, para qué sirve, y yo digo, por qué no empezar por nosotros mismos.
Texto leído en el 23 Foro del Chaco,
gracias Natalia Porta López,
voluntarixs,
gracias.

viernes, 9 de marzo de 2018


La espigadora

(A la Susi Allori)

Hace unos días leí en las redes un comentario sobre la obra de Agnès Varda, y después un título: Los espigadores y la espigadora. Algo que se nombra de ese modo es para mí, pensé. Y agradecí el link incluido. 
Hay un espigar en la red que practico,  a veces la cosecha es buena.
Vi la película.
Un ensayo visual decía alguien por ahí. Poesía se me ocurrió. O más bien algo que anda un poco suelto entre una cosa y otra. Me gusta muchísimo. Es la deriva de espigar, dejarse llevar por un perfume en el aire, una luz, un yo qué sé qué cosa que impregna la búsqueda.
Volví a ver la película. Dos veces más.
Creí que iba a escribir algunas ideas sobre poesía por eso transcribí fragmentos y me detuve muchas veces. Pero no. No voy a hacer eso.
Ayer fui al Ejército de Salvación, es un lugar adónde alguna gente lleva cosas que no necesita y otra compra a muy bajo precio. No es la primera vez. Hace muchísimo, cuando empezaba a amueblar una casa en la que viví por más de veinte años, conseguí un mueble de pino con alzada de madera, líneas simples, vidrios, espejo y estantes. Pagué tan poco, creo que la pintura que usé para renovarlo fue más cara.
Hace un año me separé, me fui de esa casa y allá quedó el mueble y también una pequeña fuente que compré en el mismo lugar aquel día y que por mucho tiempo hizo de estanque para lirios espigados del río, ahí nomás, a un paso. No lo recordé hasta que volví al Ejército de Salvación y por muy poco dinero traje cuatro sillas. Hoy durante toda la tarde limpié, tapicé y reparé y, mientras trabajaba, conversé con la película. Y mientras quitaba tachuelas herrumbradas pensaba en que hay tantas razones para elegir lo viejo, lo descartado, lo que ya no tuvo lugar en la vida de otros. En la belleza narrativa del paso del tiempo, en la nobleza de un material que ha resistido –incluso- el descuido. No solo espigo por el costo, espigo por el hallazgo. Porque sé que ningún objeto nuevo va a ser portador de esa belleza. Y el acto de creación sobre el objeto lo hace mío de un modo pausado, lo veo salir de mis manos, respirar conmigo, es una especie de danza el trabajo sobre las cosas y también yo salgo distinta, más dueña de mí, y más dueña de eso que entiendo de otro modo, lo entiendo con el cuerpo.
Ahora sí vuelvo a la escritura y pienso en estos textos salidos del descarte. Eso que viene de pronto y hay que sentarse a escribir porque algo te lleva y no responde a las leyes de la ficción, ni a la pericia técnica. Eso que tiene una imperfección untuosa de atmósfera íntima, un trazo en el aire tomado al vuelo, el fruto maduro que pende de la rama, ni un día antes, ni un día después daría ese sabor exacto. Eso que no es ensayo, ni poesía. O es las dos cosas. 
Y es la vida.


lunes, 27 de noviembre de 2017

Un jardín primitivo
(texto para mesa de lectura, Filbita, nov, 2017)

Hasta los cinco años viví en un jardín primitivo. Todo en la casa tenía espíritu salvaje: los sillones, el tocadiscos, la biblioteca. Una biblioteca de la que mi mamá sacaba palabras que también se ponían salvajes y hacían lo que querían conmigo y con lo que nombraban.
Las cosas tenían una intensa relación con la luz: desaparecían en la sombra para descansar de sí mismas, volvían al día siguiente multiplicadas en presencia. A veces, si el sol entraba oblicuo, quedaban envueltas en un chisporroteo de felicidad extrema.
A mí me pasaba igual.
En el patio había un damasco, se dejaba trepar, tenía hojas acorazonadas y en noviembre se brotaba de frutos que comíamos recién cortados, a veces tibios, no siempre queríamos esperar a que fueran lavados y puestos al fresco, nos gustaba sentir en la boca urgente esa aspereza vegetal. 
Una noche mi mamá dijo damasco. No hablaba de árboles, ni de frutos. Dijo Damasco y damasco fue ciudad antigua, almizcle, zoco y alfombras persas; y damasco se multiplicó sobre sí en reverberancias nuevas. Como las cosas, a veces las palabras, chisporroteaban de felicidad.
Y yo con ellas.
Leímos una versión para niños de Las mil y una noches y fue la entrada inaugural al jardín primitivo de los nombres exóticos. Nombres que no referían a objetos conocidos y por eso se volvían aire que suena en el aire en espera libre de algo para nombrar, anticipando así su naturaleza imaginaria. Estallándola.
Traigo esta lectura porque representa el espíritu de un tiempo de sensorialidades abundantes auspiciadas por ese poema anónimo, leído en intimidad, en penumbra. Tuvo la amabilidad de demorarse para dejarme entrar (la voz que contaba /la atmósfera que rodeaba)
Las palabras tocaban la materia, raspaban el cuerpo. Caían de maduras en otro plano, entre paréntesis de la costumbre. Quedaba el efecto sonoro arremolinado en el umbral de la lengua, resto caído de algún significado que llegaba con esa fuerza extraña ligada a la respiración, al ritmo.
A ese resto me gustaría llamar belleza por lo que invoca.
A los cinco años Zeus me expulsó del paraíso.
Lo que no respira, muere.
En Homero psiqué, soplo vital, es lo que abandona el cuerpo, lo que extingue una presencia en este mundo.
La voz de mi mamá, la más cercana, la iniciática, se extinguió. Su marca en el aire, su modo de ondular palabras desapareció para siempre. Durante mucho tiempo cuidé el recuerdo, quise conservar el timbre, la cadencia, pero se me escapó.
Y lo dejé ir.
Quizá escribo como búsqueda de esa voz perdida. En el camino lo inesperado me toma por sorpresa entre los restos arremolinados de lo que fue y lo que es dentro de mí, su eco anclado en aquel principio.
Pronto aprendí a leer para conservar esa relación íntima con el sonido guardado en la letra escrita. El ritual de abrir un libro y encontrar la psiqué capturada en el signo de lo que no está pero todavía habla.
Los dioses del olimpo vinieron a revelarme la humanidad profunda de los motivos del amor, del odio, del destino. Todas las criaturas mitológicas tenían voz y hablaban de sus motivos. Del jardín primitivo pasé a la epopeya. Al canto de los hombres y su comunidad, a la deriva sobre un mar lleno de peligros y encantamientos de sirenas. El destino, la vida, era demasiado enorme para comprenderse, el pequeño detalle de la hoja en el talón de Aquiles no podía anticiparse, la furia de los dioses tampoco. Podía mantener el rumbo de un barco, evitar la zozobra, dejarme llevar por las fuerzas poderosas del viento a favor, poner proa en dirección al jardín primitivo que aguardaba en el tiempo sumergido de la lectura al fondo, más al fondo, de mí misma.
Durante muchas tardes jugué a inventar epopeyas acuáticas en una pileta casi abandonada. Desde la orilla me acompañaban iguanas curiosas, higueras de las que había que cuidarse y sol extremo. Como una escena de Monteiro Lobato: Emilia, la mazorca y los chicos jugaban conmigo y el lugar bien podía haber sido El benteveo. Debajo del agua el silencio era profundo y claro. Dejaba que las voces sonaran en mi interior mientras el pelo levitaba y yo levitaba, me volvía vegetal, me volvía agua.
Agradezco mucho esos días sueltos de urgencias y el olvido de los que me cuidaban porque de ese modo mi naturaleza silvestre se acompasó con la trama abierta de lo que leía sin tener otro motivo más que volver a un ritual amoroso. Los libros estaban disponibles para mí, me interesaban, eso era todo.
A veces volvieron. Las mil y una noches en su versión completa apareció en los estantes de una biblioteca ajena mientras estaba de visita. Tenía quince años, me había mudado a la ciudad, era tiempo de repliegue prudente. La casa a la que había ido parecía una torre de Babel, gente que iba y venía, fiesta con coreografías y yo que soy una bailarina errática me perdí en un pasillo angosto. Leí esa noche, me llevé el libro y seguí durante el día, no podía dejarlo. Nadie me dijo nada y si me hubieran dicho habría contestado que cada quién se rasca donde le pica. Hubo fiestas antes, habría después. Y con nadie podía hablar de esa otra fiesta secreta, el reencuentro con el damasco voluptuoso, eros de la letra, que ya estaba ahí, y ahora se abría también en el interior de las escenas.
Como lectora también soy bailarina errática, buena nadadora sobre todo y, si la ocasión invita, prefiero la levedad del cuerpo suspendido debajo del agua al estilo de velocidad sobre la superficie. La lentitud en los movimientos me acomoda.
Cuando escribo algo brota otra vez en mi jardín primitivo. Lo que soy ahora empezó durante aquel tiempo mitológico: eso otro que fue mi infancia.



jueves, 21 de septiembre de 2017

Sobre lectores de literatura o cómo la letra encuentra los modos del amor.


El mundo era para mí del tamaño de una casa
hace poco alguien
me preguntó por lo que escribo
—es de mi intimidad— le dije
—¿puede ser de otro modo?—
me miró pero yo estaba
subida a las ramas del damasco
del patio de mi casa
balbuceaba un nombre
y mi mano chiquita buscaba
una mano que lo traía.
Todo lo que soy viene de esos días.

¿De dónde vienen las palabras?
Yo creo que antes de las palabras hubo sonidos.
Las palabras crecieron de la música de las cosas, de los movimientos de las hojas en los árboles, de la lluvia, de los pájaros.
Y de las primeras voces que hablaron para nosotros como si comprendiéramos.
Comprendíamos.
Del mismo modo que comprendíamos el viento o una tormenta.
De esas voces nos llegaban sus matices: tristeza, alegría, enojo, exaltación. Antes de saber cómo se nombraban las emociones cada uno de nosotros supo de los sonidos que las transmitían de un cuerpo a otro.
¿Qué tiene que ver la literatura con esto que digo?
Yo creo que mucho.
 De esas voces que ya amábamos vinieron después  relatos y  poemas y nos llevaron a lugares recónditos de nosotros mismos —y del mundo— porque habíamos traspasado una creencia anterior y poderosa en la voz que se hace (después) palabra.
Ese es el trabajo de los lectores de literatura: escarbar al fondo de las palabras las emociones que guardan para cada uno. A veces esas emociones son compartidas. Y es una alegría.
Pero sucede en el espacio íntimo de cada lector.
Por eso los lectores necesitamos tiempo para dejar que flote dentro del cuerpo el perfume de lo que sentimos.

Las emociones se activan, arborecen, se ramifican porque las palabras así cultivadas evocan resonancias misteriosas. Mundos sonoros. Cosmogonías nuevas y mágicas. Libertad en los bordes de la palabra y sus efectos cuando todavía están un poco sueltas y se liberan casi salvajes, casi humanas.
Todos tenemos esa experiencia anterior con la vibración de los sonidos en el cuerpo. Algunos tienen la oportunidad de seguir el hilo de las resonancias y descubren que lo que se hunde más profundo en el misterio vuela más lejos sobre la superficie. La literatura es una manera de seguir el hilo. También pueden serlo la música, la pintura, el encuentro amoroso.
Es que la literatura habla la lengua del amor.
Por una gracia inexplicable nos es dado entrar a las palabras que escribió otro. Me gusta imaginar que las letras no son planas.  Que tienen aristas, intersecciones, orillas, entradas, salientes y profundidades. Como amantes a los lectores nos es dado entregarnos a la seducción de la letra. Si nos seduce, entonces, todo es posible. Un amor fugaz, apasionado, perdurable. Y todo es experiencia, conocimiento de uno mismo, porque no hay nada mejor para conocerse que el encuentro con otro. Otro que puede ser un libro de literatura. Los libros de literatura están hechos de una materia poderosa: letra que condensa evocaciones en ese borde salvaje con los sonidos. Dejar que la letra entre al cuerpo y el cuerpo a la letra con libertad. Que expanda el mundo de lo que somos a lo que ha sido otro y su misterio. Dejar que los sonidos  revelen eso anterior que vibra y eriza los sentidos.
Algo en la lectura de literatura permite abrirse a otro, franquear el límite del sí mismo y en ese borde en que suceden las cosas que no se pueden explicar, abandonarse, recibir  lo que el otro nos revela con la lectura. Es posible. Más allá de los significados evidentes hay significaciones personales y privadas. La lectura y el eros son expresiones de una enorme potencia vital.
Los lectores de literatura son resistentes a la domesticación.
¿Entonces qué hacemos los mediadores de lectura? ¿Qué enseñamos/transmitimos?
Tenemos una tarea delicada.
Quisiéramos dar continuidad a esa experiencia primaria de asombro. De descubrimiento. Y sabemos que la disponibilidad para el amor se contagia. Es necesario que alguien revele el misterio. La sospecha de un plus de placer en el encuentro con un libro de literatura tiene la naturaleza de romance. Hay un modo de contagio humano que tiene estructura de triángulo. Hay uno que seduce, uno seducido y otro que desea para sí eso que se muestra y oculta en un juego vital de desborde imaginario. La provocación sutil del imaginario anticipa el placer, lo expande, reverbera los efectos y potencia el deseo. Y cuando hablo de placer me refiero a esa conmoción del cuerpo que no está despojada de inquietud. La inquietud de lo que promete pero todavía no está.
Ver a un profesor tomado por el deseo: conmovido, divertido, salido de sí, perturba en el mejor sentido de la palabra. Inquieta. Provoca. Un romance apasionado, ustedes lo saben, es lo opuesto a la repetición. Al trámite burocrático de “tener que hacer” lo que se tiene que hacer para enseñar literatura. No hay fórmula: se inventa cada vez, se conecta con lo que sucede “ahí y ahora” a ese sujeto deseante que también es el profesor. Y ya sabemos que las experiencias amorosas convierten al amante en un mejor amante. Si está dispuesto a dejarse tocar por cada amor saldrá distinto y sabrá delicadezas nuevas para conectar con ese libro que lo ha enamorado. El profesor tiene un extenso prontuario amoroso. Menos mal.
Las recomendaciones también son cuestiones de empatía. Alguien siembra la sospecha de un  amor en potencia con un texto. Las listas objetivas, sin cuerpo que les de vida, me dejan fría. Los catálogos de lo que se debe leer, el canon, a veces obtura encuentros. Prefiero el triángulo también en esos casos. Porque los títulos inevitables vienen de la propia experiencia de lectura.
Nombrar algunos sería injusto. La memoria es esquiva y caprichosa. Además desconfío de esas listas que a veces parecen más un alarde de autoridad que un intercambio sensible entre lectores. Prefiero el recuerdo de escenas, libros en situación, por ejemplo, un verano a orillas de un río. Estábamos con mis hijos pequeños, había llevado El perfume de Patrick Suskind, empecé a leer y oler, todo junto, al mismo tiempo, la arena, el pasto, los pinos, la lluvia. Todos los olores alrededor mío fueron al libro y el libro al mundo. Mis hijos me parecían hermosos y frágiles y la idea de reducir existencia a esencia me pareció terrible y seductora. Lo monstruoso, sentí en aquel momento, está tan cerca, es parte de una y del mundo. Lo monstruoso es bello y devastador.

Esos juegos de los que hablo, juegos de lectores, son también modos de creación.
 Mucho después viene el esclarecimiento: prefiero lo ridículo de escribir poemas a lo ridículo de no escribirlos como dice la poeta Wislawa Szymborska. Prefiero lo ridículo de leer poemas a lo ridículo de no leerlos.
Con estas palabras quisiera despedirme y desearles buenos romances por el puro gusto de mostrar otros amores a sus alumnos, por entusiasmarlos, por dejar flotando las ganas de entrar a esta práctica humana, vital, actual, renovada cada vez que un lector entrega su cuerpo a la lectura porque para muchos de ellos la experiencia amorosa de iniciarse como lectores de literatura está en sus manos.

 Conferencia leída en el Congreso de San Jorge, La LIJ: RESTRICCIONES Y APERTURAS EN EL SIGLO XXI,  junio de 2017.






lunes, 31 de julio de 2017

Las cartas del azar

Derivas sobre este asunto de intimidad y delicadeza que sucede cuando un editor edita lo que un escritor escribe.


Tuve mucha suerte en esto que para nombrar me falta. Si digo oficio también es otra cosa que se sintetiza en la palabra escribo aunque en la palabra escribo cabe el infinito.
Y digo tuve mucha suerte porque en estos años de práctica de intercambio, de conversaciones con editores, hubo generosidad para acompañarme. Aprendí unos modos de hacer lugar a otro en ese sitio en el que no cabe más que uno en el momento de aupiciar existencia. 
Cuando escribo pido, exijo, necesito soledad.

Sin embargo, hay otro momento, en el que la lectura de otro también auspicia. Y con el paso de los libros -buenos, malos, menores o mayores, ese es otro asunto- sigo aprendiendo, esclareciendo para mí la posición que me interesa.

Hace tiempo leí una nota de Graciela Montes en la revista Piedra Libre, ella decía que no entendía cómo los escritores esperaban que los editores les dijeran cómo escribir. Cuando la leí no terminé de entender a qué se refería (ya dije que fue hace mucho tiempo y todavía no tenía experiencia para interpretar ese comentario) era un comentario duro.
Ahora lo leo así: hay un trabajo que nadie más puede hacer por vos. 
Y aplica a casi todo. 
Hay una pregunta, un vacío que nadie más puede formular, -si estamos hablando de escribir- una deriva, un no saber que funciona como incomodidad extrema: dispositivo de creación, un raspor que tolerar.
De los editores, cada vez más,  tuve lectura detenida, cuidadosa, y después, la sabiduría de decirme algo que no se termina de decir. 
Una disponibilidad. 
Una presencia casi de transferencia, opinó una vez una amiga que comparte zonas de interés, una intervención analítica en el punto en el que el saber hacer con eso que inquieta (del texto en este caso) queda de tu lado. 
Y digo cada vez más porque tampoco ese lugar es construcción absoluta de los editores. También ahí está implicado el que escribe. 
Ahí también se juega la posición que me interesa: si demando (pregunto qué tengo que hacer, cómo lo tengo que hacer) pongo al otro en situación de responder a la demanda. Si pregunto qué esperás de mí, para ahorrarme el trabajo de la angustia, (que trabaja como aliada a veces) el riesgo de poner en juego mi deseo que puede no ser lo que  otro espera, pero es lo que soy, pongo al editor en el lugar de hacer mi trabajo.

También advierto ahora el oficio (o más) sutil, inteligente, de lectura potenciada que cultivan los editores para intervenir con precisión, belleza, porque tengo que decir: agradezco la confianza de lanzar una inquietud de lo que ha sido leído en el texto sin cerrar sentidos, dando lugar al estallido propio, al entusiasmo, al deseo que se juega en la escritura que no es obediente, es reactiva, sensible a una buena hipótesis de lectura.

A veces pienso que es más fácil quejarse de los editores, por caso, uno se borra un poco y sale aliviado de un asunto, se escabulle. O entregarse por completo a una fusión en la que no queda claro qué trabajo hace cada uno. Y los efectos de ponerle a decir a otro (que está en otra posición de lectura, de trabajo con el libro, de reflexiones sobre los haceres) algo que tiene que buscar uno. Ubicarse en el propio espacio no  es negar el otro punto de vista, es sumarlo en su justo lugar: otro. 
Para seguir pensado.

Me gusta saber que de lo que piensa un editor no sé todo. 
Me gusta saber que hay lugar para la sorpresa entre nosotros.




lunes, 8 de mayo de 2017

En buena compañía (1)

Las presentaciones de libros son excusas para los buenos encuentros. Estoy segura. Conversaciones interesantes, brindis y otros entusiasmos.
A veces son  más.
Y es por la compañía.
Decir gracias a María Emilia López por su lectura es poco.
Así que va silencio agradecido.
(Y a Cris Macjus por las fotos)

 
 LO QUE NO ES PIEDRA, NI MIRLO, NI POEMA 
(ÚNICAMENTE)

Texto leído con motivo de la presentación del libro EMA Y EL SILENCIO, de Laura Escudero Tobler, ganador del Premio Hispanoamericano de Poesía para niños 2015.
Librería del Fondo de cultura económica.
Buenos Aires, 5 de mayo de 2017.
Por María Emilia López
“Existe un alfabeto del silencio,
pero no nos han enseñado
a deletrearlo”.
Roberto Juarroz

Laura elige como umbral para “Ema y el silencio” estos versos de Juarroz, el poeta del pensamiento, el poeta-filósofo. Y a mí me hace pensar inmediatamente en las zonas más profundas de la poesía, que no siempre son consideradas como tales cuando hablamos de poesía para niños. Me surgen entonces algunas inquietudes sobre la relación entre poesía y filosofía o poesía y pensamiento y decido tomar ese atajo para comenzar esta pequeña intervención (¿poética?).
La filósofa María Zambrano dedicó un libro a pensar las relaciones entre poesía y filosofía. La traigo como compañera aquí:

“A pesar de que en algunos mortales afortunados, poesía y pensamiento hayan podido darse al mismo tiempo y paralelamente, a pesar de que en otros más afortunados todavía, poesía y pensamiento hayan podido trabarse en una sola forma expresiva, la verdad es que pensamiento y poesía se enfrentan con toda gravedad a lo largo de nuestra cultura. Cada una de ellas quiere para sí eternamente el alma donde anida. (…) Hoy poesía y pensamiento se nos aparecen como dos formas insuficientes; y se nos antojan dos mitades del hombre: filósofo y poeta” (…) Vale la pena manifestar la doble necesidad irrenunciable de poesía y pensamiento y el horizonte que se avecina como salida del conflicto1.

Zambrano se remonta a Platón para dar cuenta de la lucha más vigorosa por imponer la toma de poder del pensamiento (la filosofía) por sobre la poesía, y señala que desde ese entonces “la poesía se quedó a vivir en los arrabales, arisca y desgarrada, diciendo a voz en grito todas las verdades inconvenientes; terriblemente indiscreta y en rebeldía”2.
Pero vayamos más atrás: “¿Qué raíz tienen en nosotros pensamiento y poesía? ¿A qué amor menesteroso vienen a dar satisfacción?” 3 . 2

¿Alguna de las dos necesidades es más profunda que la otra? ¿Alguna de las dos proviene de una región más honda de la vida humana?
Para el poeta su materia es lo que se impone ante sus ojos, es la evidencia, y también lo son sus ensoñaciones, el “dar vuelta las cosas”, como diría Juarroz. El poeta cambia el foco hacia lo que mira, lo trastoca pero no a puro capricho, sino desde otra lógica que construye a fuerza de establecer nuevas relaciones entre lo que ve, lo que intuye, lo que siente, lo que sueña, lo que irrumpe, lo que fogonea su lenguaje gastado por la monotonía de la comunicación. El mundo del poeta es entonces, a la vez, pensamiento y poesía, es lo diurno y lo nocturno, es lo palpable y lo etéreo, es tal vez lo más pleno del ser humano, porque está hecho de lo fáctico y lo inapresable, y lo inapresable es infinito; el alma y la inteligencia humanas entonces son infinitas. De algún modo la relación de imbricación entre poesía y filosofía resuelve parte de la pesadez del mundo, el poeta otorga a la vida esa “levedad”4 de la que hablaba Calvino, levedad que nada tiene de superfluo, sino, por el contrario, es un arduo trabajo dedicado a romper la “compacidad” del mundo, a desbaratar las representaciones dadas, a hacer del uso de la palabra una “persecución perpetua de las cosas” 5 , es decir un esfuerzo perenne para descongestionar el significado y percibir lo múltiple; “mirar una rosa hasta pulverizarse los ojos”, decía Pizarnik.

Ema y la levedad:
El sol hundió las manos
en la tierra
cavó hasta el fondo
y dejó
una semilla minúscula
negra
como la oscuridad más oscura
como clave de sol
o una duda.
La semilla brotó
fue mirlo
y voló.
A veces bajo el árbol
un signo de pregunta
picotea lombrices
y canta al cielo
(mirlo es eso,
pozo profundo 3

música del sol
una luz).6


En “Ema y el silencio” los poemas traban un triple juego: lo profundo del pensamiento, el envés de la mirada poética y un lenguaje que persigue a las cosas hasta desnudarlas, para arroparlas luego al modo en que los niños trastocan las cosas del mundo cuando juegan.

En el roble
pequeños cuencos alojaban
frutos dorados.
En otoño cayeron.
Ahora cuelgan
tazas vacías de las ramas
los pájaros las llevan
a sus nidos
beben sol a montones
y cuentan a sus hijos
historias
de lo que brota de nuevo.
De la lluvia.
De cuando las hojas tienen
sueños de barco
y esperan
vientos que las lleven
sobre acantilados de nubes
y bosques
de anémonas azules.
Ema trepa al árbol:
atrapa peces de luz
se hamaca en canoas pequeñas
cuenta caracoles
escucha el mar.7

Pienso entonces en ese origen poético de la infancia: nos hacemos “niños” –más allá de la edad biológica- por el acto de jugar, es a partir del reconocimiento y posterior extrañamiento sobre las cosas del mundo como aprendemos a imaginar. Imaginar, vestir y desvestir el lenguaje, explorar el significado, construir lógicas que permitan entender el mundo, desbaratarlas, ver –otra vez- el envés de todas las cosas. Juego-poesía-pensamiento se convierte entonces en una trilogía fuertemente imbricada. A la sangre que corre por las venas de la infancia la tiñen de igual modo los juguetes y el poema. 4

Una oruga hace
con hojas
cosas.
Por ejemplo, mariposas.
Mastica con esmero
pliegue, dobles, mordisco
y agujero.
Origami de oruga:
hermosura.8

Italo Calvino decía que “el cuento es un caballo: un medio de transporte, con su andadura propia, trote o galope, según el itinerario que haya de seguir”9. ¿Y qué es el poema?, ¿”poquitas letras que suben y bajan”, como me dijo una niña de tres años un día?, ¿”un cuento que a veces no cuenta nada, pero canta”, como me dijo otro de cuatro?
Hagamos este pequeño ejercicio: les propongo observar la luna; ya sé que son menos de las siete de la tarde, que tal vez no haya asomado, que estamos dentro de un auditorio impermeable al hueco de la noche. No importa, cerremos los ojos, e imaginemos. Es Calvino, nuevamente, quien nos va a guiar:

Luna de la tarde
“La luna de la tarde nadie la mira, y ése es el momento en que más necesitaría de nuestro interés, puesto que su existencia está todavía en veremos. Es una sombra blanquecina que aflora del azul intenso del cielo, colmado de luz solar; ¿quién nos asegura que se las ingeniará también esta vez para cobrar forma y esplendor? Es tan frágil y pálida y tenue; solo en un lado comienza a adquirir un contorno neto como el arco de una hoz, y el resto está aún todo embebido de celeste. Es como una hostia transparente, o una pastilla disuelta; solo que aquí el círculo blanco no se va deshaciendo sino condensando, agregándose a expensas de las manchas y sombras grisazules que no se entiende si pertenecen a la geografía lunar o si son rebabas del cielo que todavía tiñen el satélite poroso como una esponja”10.

¿Dónde está la poesía, dónde está el poema? ¿Qué es un poema?, ¿solo las palabritas flacas que suben y bajan?, ¿es una música?, ¿es tal vez un pájaro que no se conforma con cooperar con su bandada en cada migración y entonces arriesga su vida para explorar otra experiencia aérea, otro posible e incierto porvenir?

Una mariposa
no es
lo que parece.
A veces
sus vuelos son guirnaldas
farolas en las flores
pañuelos
otras
sobre una cala
su vuelve palidez
y llora.
Una mariposa
es
de vez en cuando
tristeza
alegría
de vez en otra.11

¿Qué hay en los poemas de “Ema y el silencio”?, ¿quién los habita?, ¿a qué juegan?
Gata peluda
La gata peluda
duda:
¿es oruga
despeinada,
o es
gata achicada
que
aparte de pelo,
de gata
no tiene nada?
Humor, naturaleza, melancolía, asombro, juegos de infancia, silencios y musicalidades. Eso: la música, que no es un opuesto del silencio, la música que convive con la poesía desde siempre. Así como en la música se logra una unidad, aunque esté compuesta de instantes efímeros, así el poeta busca la unidad de su poema, su “trasmundo”, como diría Zambrano. La matemática sostiene a la música, ¿no tiene la poesía también su “matemática”? ¿Cuál es la matemática que sostiene los poemas de “Ema y el silencio”?, ¿cómo trabaja Laura poeta esas zonas de tensión entre el asombro, lo efímero, lo errático, y la unidad? ¿Qué es lo que canta en esta poeta? 6

Esta referencia a la música me recordó un relato de Federico García Lorca, que me parece especialmente interesante, porque aúna varias de las cuestiones que intento poner a dialogar aquí. Dice Lorca:
“Los recuerdos, hasta los de mi más lejana infancia, son en mí un apasionado tiempo presente. Y se los contaré. Es la primera vez que hablo de esto, que ha sido mío solo, íntimo, tan privado, que ni yo mismo quise nunca analizarlo. Siendo niño viví en pleno ambiente de naturaleza. Como todos los niños adjudicaba a cada cosa, mueble, objeto, árbol, piedra, su personalidad. Conversaba con ellos y los amaba. En el patio de mi casa había unos chopos. Una tarde se me ocurrió que los chopos cantaban. El viento al pasar por entre las ramas producía un ruido variado en tonos, que, a mí, se me antojó musical. Y yo solía pasarme las horas acompañando con mi voz la canción de los chopos. Otro día me detuve asombrado. Alguien pronunciaba mi nombre, separando las sílabas como si deletreara: “Fe-de-ri-co”. Eran las ramas de un chopo viejo, que al rozarse entre ellas, producían un ruido monótono, quejumbroso, que a mí me pareció mi nombre”.12

También hay una matemática de la música de los árboles, un extrañamiento de la mirada que convierte a la piedra o al mueble en compañero del habla. Hay una búsqueda de la unidad que no distingue poesía de pensamiento.
Angelo, el papá de Lorenzo, un bebé de 6 meses que concurre al jardín maternal donde trabajo, nos dijo ayer: -me di cuenta de que a Lorenzo con lo que más le gusta jugar es con los “no juguetes”. Se refería a las cajas, envases variados, tapas, cucharas, objetos de la vida cotidiana desinvestidos de la función “juguete”. Claro, porque Lorenzo está trabajando para convertirse en niño, y eso lleva implícitas ciertas operaciones sobre las cosas, sobre la mirada hacia las cosas, sobre el acto de nombrar, sobre la enunciación. Tengo la fuerte sospecha de que Lorenzo no distingue entre pensamiento o filosofía y poesía, ejerce ambas a la vez, con total convicción. No tiene otra opción. Para jugar, necesita de la poesía en un sentido amplio, de ese alboroto del sentido, del asombro, la fantasía y el descubrimiento, necesita construir también cierta unidad propia. ¿No es entonces su “juguete-cosa” o su “cosa-juguete” un poema y a la vez un artefacto científico con el que se inserta en la cultura del mundo?
Por eso agradezco tanto que exista “Ema y el silencio”, que haya poetas que abonen el trabajo de los niños. Por eso hago esta pequeña aunque sentida y honda celebración de este libro. Lorenzo y todos los niños merecen muchos “Ema y el silencio”, alimentos de la raíz humana, frutos frágiles y ciertos de la palabra. Palabra que canta, que rompe la inercia del tiempo, que instala un silencio revelador. Gracias a Laura Escudero, por cada nota y cada imagen de su cuenco poético. Gracias a la Fundación para las Letras mexicanas y a Fondo de cultura económica, por elegir publicar poesía para niños, por premiarla, por abrigar la travesía de los poemas de toda la colección.


1 Zambrano, María. Filosofía y poesía. Fondo de cultura económica. México, 1993.
2 Ibid.
3 Ibid.
4 Calvino, Italo. Seis propuestas para el próximo milenio. Siruela. Madrid. 1998
5 Calvino, Ibid.
Ema y el silencio. Laura Escudero Tobler. FCE – FLM. México, 2016.
7 Ibid.
8 Ibid.
9 Ibid.
10 Calvino, Italo. Palomar. Alianza. Madrid. 1985
11 Ibid.
12 García Lorca, Federico. Obras completas. Aguilar. Madrid. 1992