jueves, 23 de mayo de 2019

Dos libros, dos viajes, dos mundos. Infinitas travesías.



“Imaginemos una ciudad donde no hay deseo. Supongamos por ahora que los habitantes de la ciudad siguen comiendo, bebiendo y procreando de alguna manera mecánica; no obstante, su vida parece chata. No teorizan ni hacen girar trompos ni hablan figurativamente. A pocos se les ocurre evitar el dolor, ninguno hace regalos. Entierran a sus muertos y olvidan dónde. […] El arte de contar cuentos se descuida ampliamente.
Una ciudad sin deseo es, en suma, una ciudad sin imaginación. Allí la gente piensa solo lo que ya conoce. La ficción es simple falsificación. El deleite carece de importancia. […] esa ciudad tiene un alma aquinética, una condición que Aristóteles podría explicar de la siguiente manera: siempre que una criatura se ve impulsada a buscar lo que desea, dice Aristóteles, ese movimiento empieza con un acto de la imaginación que él denomina phantasia.”[i]

La imaginación es el movimiento antes del movimiento. La preparación de un viaje para expandir fronteras. Para empezar, las de quien viaja.
El primer viaje que emprendemos, el de la vida, comienza por revelarnos que el mundo no es plano, que en su redondez hay volumen, que sus movimientos y variaciones obedecen a fuerzas invisibles, que además de lo que pasa sobre la superficie, de lo que se ve a simple vista, crece por dentro algo que podemos nombrar como una espera llena de deseo entre un encuentro y otro. Como un viajero imagina con deleite su llegada a destino. Porque es el encuentro con otra persona el primer movimiento de la vida y el que anuncia que hay más de un cuerpo y es también la primera manera de viajar, de atravesar fronteras.
La promesa que pone a andar la imaginación es la de un encuentro amoroso que es preciso cuidar. No hay imaginación suelta, sin objeto, siempre se dirige a algo distinto del que imagina, a otra persona, a otra cosa.
 Para que el deseo sobre algo (o alguien) no sea destructivo se activan caminos imaginarios, por atender lo diferente se inventan lenguajes compartidos, se demoran los impulsos, se eleva a potencia de fantasía todo lo que puede ser, y se elige. Una política de la imaginación pone a una comunidad en relación receptiva con diversidad de criaturas y de cosas. Abre el mundo entre lo esperado y lo inesperado, exploración de lo desconocido. Entra en el tiempo y lo atraviesa. Nunca es solo hacia el futuro.
La imaginación es imprescindible para la empatía.
Esto lo saben y practican lxs niñxs, en su mayoría, cuando todavía no fueron colonizados por el sentido común de lxs adultxs. Y es lo que hace que aprendan con todo, todo el tiempo, viajerxs incansables.
Por eso elegí dos libros que son dos viajes. Porque en ellos la ficción no es simple falsificación, no porque lo que se cuenta haya ocurrido en realidad, más bien, por el trabajo con la metáfora, porque proponen muchísimos inesperados y asombrosos viajes en su lectura, como capas que se abren, unas dentro de otras.
Y porque reconocen a lxs niñxs como viajerxs de pleno derecho y robusta imaginación, libros con la inteligencia de no ofrecer un mundo plano.
También podría decir que estos dos libros me eligieron y yo soy su viaje, lo es mi lectura mundana, materializada en un momento específico con sus vientos y mareas, con sus mapas de contornos políticos a capricho de un orden que no siempre sucede en términos recíprocos y además porque aparecieron con belleza de rara avis en esta jungla de libros.
Y porque me pregunto cómo circulan los libros entre países que compartimos una lengua que no es la misma que fue hace cinco siglos, que a veces prosperó en relación estrecha con otras lenguas y floreció diferente en cada comunidad, se enriqueció con matices y bellezas sonoras singulares. Y cómo en los libros elegidos las poéticas pueden, merced a un tratamiento literario, buscar nuevos brillos en aquella lengua que todavía pulsa debajo de estas. Atender la raíz arcaizante como principio poético, a la luz de lecturas nuevas.
Carlos Grassa Toro cuenta en el prólogo del libro Conquistadores en el nuevo mundo (Tragaluz editores, Medellín, Colombia, 2013) que leyó muchísimas crónicas de adelantados españoles que viajaron a las Indias antes de ponerse a escribir. Entró como viajero del tiempo (ser lectores nos hace navegantes del tiempo) a esos textos que fueron escritos entre finales del siglo XV hasta principios del siglo XVII, se sumergió en esas prosas entre intención de testimonio y maravilla. ¿Cómo nombrar lo nunca antes visto?  ¿No es un acto de imaginación lo que permite enlazar lo desconocido a una experiencia propia? ¿No es la metáfora lo que rodea la experiencia para nombrar la maravilla? ¿Y no es la maravilla ese efecto que suspende lo previsible y penetra a fondo en el cuerpo para quedar, así como se dice, maravillado? Lo inolvidable, lo que marca un hito, lo que se escribe en la memoria.
Grassa Toro espiga entre miles de relatos esos resplandores y los encuentra. De la pluma de cronistas un poco anónimos, porque se trata de eventos singulares que no realzan la épica de la conquista, más bien, muestran un absurdo, circunstancias poco heroicas y encuentra para sus viñetas un tono de picaresca. Relatos breves, el episodio enmarcado. Luego, debajo, un texto para contextualizar los sucesos. Porque no pierde el hilo de la crónica.
Pep Carrió ilustra con volumen, elige trozos de maderas que el mar arrojó por las orillas del viejo mundo (si algún mundo es viejo, si algo es nuevo, o si es una mirada lo que hace algo nuevo con lo que había) e inventa rostros para esos personajes hundidos en la selva, en experiencia con lo extraño. Construye, esculpe, superpone, perfora; sobre maderas roídas con texturas erosionadas, pinturas descascaradas, vetas abiertas, lisuras de tiempo y de derivas, caracoles, hierros en estado de herrumbre. La materia se expresa en la trama, el ilustrador la descubre y eleva a potencia deslumbrante el paso del tiempo.
Cada personaje con su nombre, veinte de ellos, y debajo un epígrafe que anuncia el episodio. El libro tiene la forma de un edicto antiguo. Cada doble página una crónica, la imagen y el epígrafe. Así conocemos lxs lectorxs a Juan Serrano, al que comió el tigre; a Juan Lorenzo que construyó un puente sobre un río de caimanes; a Juan Fernández que de hambre mordió el alma entre los dientes; a Benito Rosal que se salvó del terremoto y a una niña negra con él; a Francisco de Lugo que tenía un perro que ladraba.
Y más.
Y cada epígrafe es una breve, brillante nota poética.
El otro libro que quisiera traer aquí es Las Indias. Versión del Diario de a bordo de Cristóbal Colón (Comunicarte, Córdoba, Argentina, 2018)
Juan Lima escribe un poema en la voz de un Cristóbal Colón demiurgo. Es un descubridor en la bondad del descubrimiento: la creación de un mundo que aparece detrás de las palabras, nuevas, brillantes, traídas a la luz con procedimiento de arqueología literaria, excavando sentido en las formas antiguas, un trabajo sobre capas de cinco siglos para el hallazgo de una sintaxis pulida al punto de introducir la atmósfera de otro tiempo con el resplandor de lo recién descubierto.
subiéronse
todos
sobre
el mástil
y en la jarcia
y todos afirmaron
que
        era
               tierra
la hube visto
la he soñado
demasiadamente
Maravilla de un Cristóbal Colón entregado a la contemplación de un mundo que nace del acto de mirar, que inventa una lengua para nombrar el viaje, los pájaros, los peces, las casas de los hombres y mujeres que ahí vivían y las flores
y grandes espesuras
odoríferas muy
de mil maneras
que era la cosa
más dulzona
del mundo

La poesía de Juan Lima sucede como una mariposa a punto de volar, suspendida en el primer movimiento, de aliento contenido para advertir matices y detalles en el acto reposado que puede ser mirar (o leer).
Para los lectores se abre el descubrimiento de un descubrimiento, otro encuentro con lo nuevo por muy lejano en el tiempo, la posibilidad de imaginar una llegada generosa a tierras abundantes en belleza y el fondo de un acto poético que busca apresar lo que se escapa, el gesto de entregarse a la maravilla en su duración efímera como una reverencia a la vida y a lo que la vida trae.
estas islas pasan rápido
para vernos pasar
 La voz poética imagina un descubrimiento sensible, una entrada a territorio desconocido con disponibilidad para leer los mejores augurios en los signos de ese mundo nuevo.
Christian Montenegro ilustra con austeridad de recursos en máximo esplendor, a dos tintas, rojo casi cerámico y negro. El trazo se corre, se borronea, se corrige, se superpone en layers como un registro in situ que muestra la humanidad de la mano que captura en presencia, una lectura del asombro que produce el descubrimiento y una simbología que alude al encuentro de los dos mundos.
Estos dos libros, tienen en común, un tópico: el contexto de los conquistadores españoles en Las Indias, y el hecho de que lo proponen desde dos géneros periféricos dentro de la LIJ, como lo son la crónica y la poesía.
Conquistadores en el nuevo mundo, de dos autores españoles, cruza el océano para encontrar casa en las Américas. Las Indias, de dos autores argentinos publicados en sus latitudes, cruza el mar hacia esta Peonza que gira sensible a la maravilla del otro lado del océano, en España.
““El trompo” de Kafka es un relato sobre un filósofo que pasa su tiempo libre en compañía de los niños para poder asir sus trompos en pleno giro. Atrapar un trompo que aún gira lo hace feliz por un momento porque cree “que la comprensión de cualquier detalle, por ejemplo, el de un trompo que gira, basta para comprender todas las cosas”. El disgusto sucede casi de inmediato al deleite y arroja el trompo, se marcha. Sin embargo, la esperanza de entender sigue colmándolo cada vez que los chicos emprenden los preparativos para hacer girar sus trompos […].”[ii]
Me gusta pensar que entender es intención de acercamiento, una pregunta con respuestas provisorias, un impulso para que el trompo siga girando, un corrimiento del lugar de la certeza y una apertura a la claridad del movimiento cuidadoso para pensar los múltiples mundos de este mundo.
Estos (y otros) eventos de conquista (en sus muchísimas formas, en cualquier lugar del mundo y con sus devenires históricos) muchas veces oscurecidos por la bruma del tiempo y las ideas cristalizadas y repetidas hasta el cansancio, reciben alguna vez una visita que disipa la niebla con inesperados procedimientos de reinvención, fuera de todo oportunismo didáctico. Es posible encarnar palabras vivas para entrar a cualquier descubrimiento, invitación a una libertad por encima de todo vasallaje de lectura (y de vida).
Y la tranquila belleza de dos libros como ofrenda a los viajes que se atreven por rutas inexploradas. Para navegantes de imaginación robusta, lecturas que son gesto de audacia. Esos pequeños gestos que ponen en evidencia, sugerida, silenciosamente, algo que permanecía oculto para que cada lector en su singular lectura, lo encuentre.






[i] Anne Carson, Eros el dulce amargo, Buenos Aires, Fiordo, 2015; p. 232

[ii] Anne Carson, Eros el dulce amargo, Buenos Aires, Fiordo, 2015; p. 11

martes, 9 de octubre de 2018


La lengua de las ranas
(Sigiloso y fugaz acecho poético)
Qué es la poesía:
·                     ¿Una disposición?
·                     ¿Un movimiento en el mundo?
·                     ¿Una forma de vida?
·                     ¿Quizá el modo más humano de entrar en relación con algo?

Las ranas esperan quietas como budas a orillas de una acequia.
Atentas al movimiento.  
Cuando un insecto se acerca, sin salir de esa quietud alerta, la rana, despliega una lengua sigilosa y con movimiento preciso, pesca al bicho.
En un abrir y cerrar de ojos, sin alarde, porque se trata de un acto imperceptible, un truco de magia, sobre todo ejecutado con economía de movimiento, la rana captura su presa.
Durante mucho tiempo para explicar el procedimiento de la rana se recurrió a una explicación mecánica. Se dijo que la lengua envuelve el insecto y lo trae dentro de la boca.
Pero hay más.
Hace poco advirtieron que entre la lengua y la presa existe una saliva reversible: pringosa y de alta adherencia en el movimiento de primer contacto que enseguida se vuelve delgada y acuosa para cubrir con delicadeza el cuerpo del insecto.
El fluido que segrega la lengua de la rana, transparente, dúctil, imperceptible a la vista es evidente en su eficacia.
Por un instante fugaz, el de la captura, la continuidad orgánica entre cazadora y presa es total. Una se pierde en la forma de la otra. Son una y son dos de manera simultánea.
Quisiera tomar el atajo de este juego metafórico para hablar del trabajo de lo poético sobre lo humano.
En el trabajo con la poesía hay una forma que busca el rodeo de la cosa hasta hacerla parte propia. Como la lengua de la rana.
Como el recorrido de una caricia.
Entre la mano que se desliza y la superficie acariciada hay una tibieza, un magnetismo amoroso se derrama entre dos que se dicen algo sin palabras. Ese aire investido de amor que separa y conecta al mismo tiempo existe, es materia aunque no se ve, y es difícil de nombrar pero tiene efecto poderoso. Pasa algo y una sale distinta cuando la caricia ha capturado, ha conmovido.
Es difícil imaginar que alguien que no ha sido iniciado en la caricia pueda prodigar a otro ese gesto amoroso.
Es difícil imaginar que alguien humano no ha tenido la oportunidad de ser realmente acariciado con la fuerza imantada del afecto.
En ese espacio intersticial está la diferencia. Y se cultiva con generosidad genuina. Si tuviera que ponerle un nombre a ese espacio lo llamaría espíritu.
El espíritu aparece en el intersticio que se despliega entre una y lo otro. Es una zona liberada: libre de intereses, de impuestos, de ganancias calculadas.
Una acaricia a un hijo es su iniciación a la humanidad y sucede sin que nos lo propongamos. Un cuerpo humano necesita espíritu y se lo damos con la inauguración del espacio entre dos, en ese pliegue amoroso.
Son esos momentos intensos en los que las percepciones se expanden, se pierde la noción del tiempo, se expresan en el cuerpo sutiles matices nuevos.
Como una primavera.
Además de ser iniciados de ese modo en la escritura del cuerpo, en la densidad  exponencial de la recepción perceptiva, habremos de serlo también en el trabajo de cultivo de ese espacio en una misma.  Una disponibilidad a dejarse tocar, y eso, es en extremo difícil. Una delicada línea entre la confianza y el cuidado.
Entre intuición y pensamiento.
Lo poético procede de este espacio entre la lengua y lo otro. Me atrevo a decir que lo poético es el espíritu de la lengua. La zona intersticial entre el órgano de la rana y la presa. La secreción de esa lengua como acto cuidadoso de captura.
Y es eficaz justamente por su cualidad dúctil, líquida, de adhesión no forzada a la cosa.
Muchas veces se quiso explicar lo poético desde el trabajo mecánico de la lengua. Porque tiene regularidades y procedimientos anticipables. La rima y la métrica como formas preestablecidas facilitan la definición pero son totalmente incompletas para atrapar la esencia de lo poético, el espíritu innombrable, eso que toca o no toca, la adhesión magnética de los sonidos y la forma a la experiencia que ha querido capturarse.
Sin embargo, es una disponibilidad que se trabaja. No es natural ni espontánea. Así como es difícil imaginar que alguien que no ha sido iniciado en la caricia pueda prodigar a otro ese gesto amoroso, es difícil imaginar que alguien que no ha sido iniciado en lo poético (en el cultivo de la cobertura intersticial poética del mundo) pueda despertarla en otros.
Entonces otra vez hay que recordar que la escuela es la gran ocasión para el gesto democrático de ofrecer accesos a estos bienes intangibles, humanos, culturales y sensibles.
¿Y esto cómo se enseña?
Así como no hay una lengua de rana premoldeada para un insecto u otro sino que cada vez hay un trabajo de captura sensible, envoltura suave de la presa acomodada a su forma, así la iniciación poética es de habilitación de ese intersticio espiritual, disponibilidad para la entrega y entrada cuidadosa a una zona de las palabras envueltas, rodeadas, estimuladas bajo el pliegue sensorial, intelectual, emocional del cuerpo propio.
Se ofrecen espacios de densidad poética.
Se ofrece la experiencia de lo que ha abierto la poesía en una misma. Como un don. Como la caricia que humaniza al hijo recién nacido.
Hay que saber que es trabajo de tiempo demorado, de confianza para dejar hacer a la materia del poema sobre el cuerpo. Dejar que los sonidos, las voces, recubran la superficie sensible, penetren y toquen. El poema puede interpretarse como una partitura y hacerse marca sonora o puede seguir la huella de la memoria sonora del cuerpo que lee en silencio, que ya ha tenido anteriores experiencias abundantes.
Dar tiempo a que la lengua de cada lector segregue su propia sustancia de adhesión al poema. Dejar que las sensorialidades conecten con el pensamiento de manera voluptuosa porque hay un eros del pensar y del sentir que será preciso dejar venir para que realmente suceda algo del orden de lo poético.
Entonces muchas veces, quienes enseñamos, los que nos proponemos iniciar a otros en poesía somos de pronto presas de la adhesión sensible a un texto poético, somos sorprendidos e iniciados en una nueva zona receptiva, entregados al asombro. La captura de un resplandor tiene efecto poético.
Las ranas a veces también son presas:

La garza

Todas las veces
salvo una
los pececitos
y las ranas con lunares
reconocen
las patas de bambú
de la garza
a partir de las finas
y pulidas cañas
en los bordes
del sedoso mundo
de agua.
Luego,
en su última pulgada de tiempo,
ven,
por un instante,
la blanca espuma
de sus hombros
y la blanca curva
de su panza
y la blanca llama
de su cabeza.
¿Qué más se puede decir
de semejantes nadadores salvajes?
Estaban acá,
en silencio,
ya desaparecieron, habiendo saboreado
el terror puro.
Por eso inventé palabras
con las cuales pararme atrás,
en la orilla verde-
con las cuales decir:
¡Miren! ¡Miren!
¿Qué es esa muerte negra
que se abre
como una blanca puerta? (1)
Mary Oliver (Maple Heights, Ohio, 1935), versión de Tomás Maver
Gentileza de Natalia Litvinova
Paso los ojos sobre las palabras, su disposición en el papel, dentro mío suenan y acompaño tan profunda, intensamente a las ranas y los pececitos entre las patas de las garzas, siento que la materia sobre la que estoy es agua, tiene su densidad y fluidez. Percibo la claridad eventual de un rayo de sol que atraviesa la transparencia velada de la orilla, me muevo sedosa entre plantas acuáticas en una espacie de limbo fresco lleno de vida y de pronto algo me saca, se hace luz repentina y me traga. Eso llega a mí, en virtud del trabajo aéreo sobre la página, en adhesión conmovedora. Lo siento. Lo entiendo con una comprensión por lejos más enorme que la que he intentado con palabras precarias.
Se hace experiencia vital.
Me parece que se puede aprender algo más de la rana al acecho. Hay atmósferas que hacen propicia la entrada a lo poético. Y hay un trabajo sobre esas atmósferas y una misma. Unas técnicas sobre el cómo estar:
La disponibilidad para la contemplación, la meditación. Un estado de quietud alerta. De expansión sensible, presencia acompasada a lo otro. Dejar que el ritmo de lo que rodea se encuentre con el ritmo propio, la respiración, las respiraciones que buscan entrar al poema.
Me gustaría para terminar leerles un poema. Jugar con ustedes a que el vestido es la poesía y lo que le regalaron a la nena ha sido un poema.
Con permiso de Florencia Gattari:

Vestido nuevo

Era noviembre y una nena recibió de regalo un vestido.  
Enseguida se lo puso.
Pero nunca parecía buen momento para sacárselo.
Pasó el verano con sus soles y llegó el otoño con sus vientos.
La nena lo saludó entre volados.
Después de todo, ¿quién dice cuándo
es tiempo de sacarse un vestido?
¿Una mancha, tres arrugas,
el hilito que asoma
de un dobladillo
que se
des
co
se
?
Los vientos venían de otros otoños que quedaban lejos. Arrastraban papeles, perfumes, hojas secas.
También semillas que los pájaros dejaban olvidadas en cualquier parte.
 Aunque, ¿cuál es el lugar mejor
para una semilla?
¿El bosque,
un cantero,
una maceta,
el borde
de qué camino,
de qué jardín?
En el invierno, sobre el vestido hubo gorros y tapados y bufandas. Sumando capas de cebolla, no es difícil convertir un solero de noviembre en un traje de astronauta de julio.
Cuando volvió la primavera, la nena se sacó las bufandas, los tapados, el gorro. Y quiso ponerse radiante, como todo a su alrededor.
Pero le costó peinarse los brotes.
Uno de esos días le creció el tronco y se le alejó el piso.

 Porque quién sabe cuándo crece un árbol.
Y una nena, ¿cuándo?
Al principio tuvo vértigo y pensó en bajarse del vestido. O sacarse el árbol.
Esperó.
Descubrió que mirando para arriba se mareaba menos. Aprendió un idioma de silbidos mientras le florecían los bolsillos y le verdeaba el ruedo con hojas recién nacidas.
Hasta que una tarde decidió cambiarse de ropa.
Estuvieron de acuerdo: árbol y nena.

Se desprendió los botones y los brotes, y bajó.
Su familia organizó una fiesta para celebrar la vuelta de la nena. Y el cambio de vestido.
Le regalaron como veinte, de todas las telas, de todos los colores.
La nena eligió uno y se lo puso.
Por la ventana, les hizo un guiño a los pájaros del viento.
Hay muchos modos de lucir un vestido.
Hay muchos modos de cultivar un jardín. (2)

Que los poemas que lean en sus clases sean para sus iniciados/as como un vestido que no se quieren sacar. Que se hagan árboles, reciban semillas que broten otros poemas de los bolsillos, de los pliegues y dobleces, de la libertad de sacarse, ponerse, dejarse; en maceta, bosque o cantero. Que se hagan deseo propio muy profundo porque vaya a saber qué es la poesía, pero necesitamos su revolución sensible, su resplandor, su humanidad.

(2)
Resultado de imagen para el vestido nuevo florencia gattari


(1) The Egret


Every time
but one
the little fish
and the green
and spotted frogs
know
the egret’s bamboo legs
from the thin
and polished reeds
at the edge
of the silky world
of water.
Then,
in their last inch of time,
they see,
for an instant,
the white froth
of her shoulders,
and the white scrolls
of her belly,
and the white flame
of her head.
What more can you say
about such wild swimmers?
They were here,
they were silent,
they are gone, having tasted
sheer terror.
Therefore I have invented words
with which to stand back
on the weedy shore—
with which to say:
Look! Look!
What is this dark death
that opens
like a white door?

jueves, 6 de septiembre de 2018

Un principio poético


Todxs venimos, o deberíamos venir, de un acto inaugural poético. Que es como decir: de un deseo.
Un principio poético


Una voz me dio la bienvenida al mundo.
El acto amoroso inaugural fue una secuencia de sonidos engarzados en el aire por una voz humana que anticipó un lugar para mí dentro de la comunidad. No estaba sola. Y el trazo sonoro, esa marca, también fue un lazo de confianza. Para poder vivir al principio hay que creer en los demás. En algún otro que abre el camino a los otros.
Y a las cosas.
Alguna vez escuché un nombre anterior a todos los nombres y la cosa nombrada renació como aire que vibra en las cuerdas de un cuerpo.
Algo me nombró y me dio el don de nombrar en el tiempo perdido para la memoria que es la infancia. Ese momento en que la palabra todavía no asume su función instrumental y es el alma de las cosas. Se dice de los niños que tienen pensamiento animista, cuando el eco de las cosas son sus nombres, cuando los nombres llevan a una experiencia sensorial, intensa, primitiva. Cuando el nombre es sustancia y queda ligado a las cosas por creencia.
La palabra creencia en su origen quiere decir confianza.
Pero el iluminismo y la codicia racional olvidan la belleza de la creencia, no es redituable, se equivoca con el error del deseo. Las cuentas no dan porque el deseo escapa al cálculo y es sorpresivo, furtivo. Los fanáticos del saber domesticable olvidan que la razón apoya su arquitectura sobre ese resto subterráneo e inquietante que es el animismo.
O, si me permiten, la materia poética.
No estoy invitando a prescindir de la razón. Me apoyo en sus principios para la trasmisión y valoro su trabajo por la claridad, sin olvidar que detrás de la claridad hay sombra. Nadie accede a la razón sin sustrato de creencia. Sin aquel gesto originario que nos hizo un lugar en esta comunidad humana y verbal aunque de las palabras entendiéramos únicamente su matiz amoroso. Ninguna es más valiosa que la otra: razón y animismo. Son las dos.
El movimiento de negar la creencia es inútil: cuando más se sofoca más salvaje encarna. Porque ha sido la experiencia de entrada del nombre de las cosas al cuerpo. Si se la niega hace síntoma y es sufrimiento. Incluso en el cuerpo social, ya lo vemos, una lógica de ganancia pura deshumaniza. Arrasa con la vitalidad, y qué paradoja, con la alegría.
Qué otro lugar darle a eso que pulsa debajo de la lengua, a esa creencia que animiza la materialidad del sonido, qué lugar mejor que el de la poesía.
No hay que inventarlo: está ahí. Es procedimiento de la infancia: mirar poéticamente.
Abrir el espacio moroso a la palabra, detener la mirada, dejarla hacer reposadamente sobre las cosas, jugar. Escuchar el sonido del viento entre las hojas de los árboles, pasar la palma de la mano por el copete de una flor de cardo, mirar hormigas, oler el perfume de los paraísos en primavera, dibujar. Esos pueden ser, cuando se cree en ellos y se les da el tiempo y la atención suficientes, actos profundamente poéticos. Se escribe y se lee con el cuerpo para leer y escribir después.
Dice Mary Oliver en su poema A veces:
Instrucciones para vivir una vida:
Prestar atención
Sorprenderse
Contarlo.
Leer y escribir como continuidad del cuerpo.
A veces nos olvidamos, nos alejamos de la poesía, la pensamos distante y sofisticada, pero la puerta de entrada estaba ahí, todos venimos de un acto de creación, de un principio amoroso, inaugural, poético.
Si renunciamos al trabajo que hace en nosotros el pensamiento animista nos despojamos de eso que también que somos y es una pena reducirnos a lo que se espera en la trampa de una economía opresiva: adultos ocupados en la utilidad, la rentabilidad del tiempo, surfeando sobre las cosas ya sin esperar que nos digan nada más, claro, les quitamos el alma, que es como decir, les quitamos la poesía.
La poesía ocupa con naturalidad el espacio de la infancia si no pretendemos domesticar niñitos razonables y útiles a nuestras necesidades.
Esta es una invitación a dejarse trabajar por lo poético que necesita detenimiento, espera de uno mismo para conectar de modo amoroso con los otros. A olvidar por un rato la tiranía de la razón y su fascinación por lo evidente y la acumulación superflua de palabras.
Se pueden leer muchísimos libros sin haber leído nada.
Para la infancia la memoria es poética. Para todos nosotros no hay otra memoria que la de la infancia. Estamos hechos de eso que nos preguntamos cómo acercar a los chicos, para qué sirve, y yo digo, por qué no empezar por nosotros mismos.
Texto leído en el 23 Foro del Chaco,
gracias Natalia Porta López,
voluntarixs,
gracias.

viernes, 9 de marzo de 2018


La espigadora

(A la Susi Allori)

Hace unos días leí en las redes un comentario sobre la obra de Agnès Varda, y después un título: Los espigadores y la espigadora. Algo que se nombra de ese modo es para mí, pensé. Y agradecí el link incluido. 
Hay un espigar en la red que practico,  a veces la cosecha es buena.
Vi la película.
Un ensayo visual decía alguien por ahí. Poesía se me ocurrió. O más bien algo que anda un poco suelto entre una cosa y otra. Me gusta muchísimo. Es la deriva de espigar, dejarse llevar por un perfume en el aire, una luz, un yo qué sé qué cosa que impregna la búsqueda.
Volví a ver la película. Dos veces más.
Creí que iba a escribir algunas ideas sobre poesía por eso transcribí fragmentos y me detuve muchas veces. Pero no. No voy a hacer eso.
Ayer fui al Ejército de Salvación, es un lugar adónde alguna gente lleva cosas que no necesita y otra compra a muy bajo precio. No es la primera vez. Hace muchísimo, cuando empezaba a amueblar una casa en la que viví por más de veinte años, conseguí un mueble de pino con alzada de madera, líneas simples, vidrios, espejo y estantes. Pagué tan poco, creo que la pintura que usé para renovarlo fue más cara.
Hace un año me separé, me fui de esa casa y allá quedó el mueble y también una pequeña fuente que compré en el mismo lugar aquel día y que por mucho tiempo hizo de estanque para lirios espigados del río, ahí nomás, a un paso. No lo recordé hasta que volví al Ejército de Salvación y por muy poco dinero traje cuatro sillas. Hoy durante toda la tarde limpié, tapicé y reparé y, mientras trabajaba, conversé con la película. Y mientras quitaba tachuelas herrumbradas pensaba en que hay tantas razones para elegir lo viejo, lo descartado, lo que ya no tuvo lugar en la vida de otros. En la belleza narrativa del paso del tiempo, en la nobleza de un material que ha resistido –incluso- el descuido. No solo espigo por el costo, espigo por el hallazgo. Porque sé que ningún objeto nuevo va a ser portador de esa belleza. Y el acto de creación sobre el objeto lo hace mío de un modo pausado, lo veo salir de mis manos, respirar conmigo, es una especie de danza el trabajo sobre las cosas y también yo salgo distinta, más dueña de mí, y más dueña de eso que entiendo de otro modo, lo entiendo con el cuerpo.
Ahora sí vuelvo a la escritura y pienso en estos textos salidos del descarte. Eso que viene de pronto y hay que sentarse a escribir porque algo te lleva y no responde a las leyes de la ficción, ni a la pericia técnica. Eso que tiene una imperfección untuosa de atmósfera íntima, un trazo en el aire tomado al vuelo, el fruto maduro que pende de la rama, ni un día antes, ni un día después daría ese sabor exacto. Eso que no es ensayo, ni poesía. O es las dos cosas. 
Y es la vida.


lunes, 27 de noviembre de 2017

Un jardín primitivo
(texto para mesa de lectura, Filbita, nov, 2017)

Hasta los cinco años viví en un jardín primitivo. Todo en la casa tenía espíritu salvaje: los sillones, el tocadiscos, la biblioteca. Una biblioteca de la que mi mamá sacaba palabras que también se ponían salvajes y hacían lo que querían conmigo y con lo que nombraban.
Las cosas tenían una intensa relación con la luz: desaparecían en la sombra para descansar de sí mismas, volvían al día siguiente multiplicadas en presencia. A veces, si el sol entraba oblicuo, quedaban envueltas en un chisporroteo de felicidad extrema.
A mí me pasaba igual.
En el patio había un damasco, se dejaba trepar, tenía hojas acorazonadas y en noviembre se brotaba de frutos que comíamos recién cortados, a veces tibios, no siempre queríamos esperar a que fueran lavados y puestos al fresco, nos gustaba sentir en la boca urgente esa aspereza vegetal. 
Una noche mi mamá dijo damasco. No hablaba de árboles, ni de frutos. Dijo Damasco y damasco fue ciudad antigua, almizcle, zoco y alfombras persas; y damasco se multiplicó sobre sí en reverberancias nuevas. Como las cosas, a veces las palabras, chisporroteaban de felicidad.
Y yo con ellas.
Leímos una versión para niños de Las mil y una noches y fue la entrada inaugural al jardín primitivo de los nombres exóticos. Nombres que no referían a objetos conocidos y por eso se volvían aire que suena en el aire en espera libre de algo para nombrar, anticipando así su naturaleza imaginaria. Estallándola.
Traigo esta lectura porque representa el espíritu de un tiempo de sensorialidades abundantes auspiciadas por ese poema anónimo, leído en intimidad, en penumbra. Tuvo la amabilidad de demorarse para dejarme entrar (la voz que contaba /la atmósfera que rodeaba)
Las palabras tocaban la materia, raspaban el cuerpo. Caían de maduras en otro plano, entre paréntesis de la costumbre. Quedaba el efecto sonoro arremolinado en el umbral de la lengua, resto caído de algún significado que llegaba con esa fuerza extraña ligada a la respiración, al ritmo.
A ese resto me gustaría llamar belleza por lo que invoca.
A los cinco años Zeus me expulsó del paraíso.
Lo que no respira, muere.
En Homero psiqué, soplo vital, es lo que abandona el cuerpo, lo que extingue una presencia en este mundo.
La voz de mi mamá, la más cercana, la iniciática, se extinguió. Su marca en el aire, su modo de ondular palabras desapareció para siempre. Durante mucho tiempo cuidé el recuerdo, quise conservar el timbre, la cadencia, pero se me escapó.
Y lo dejé ir.
Quizá escribo como búsqueda de esa voz perdida. En el camino lo inesperado me toma por sorpresa entre los restos arremolinados de lo que fue y lo que es dentro de mí, su eco anclado en aquel principio.
Pronto aprendí a leer para conservar esa relación íntima con el sonido guardado en la letra escrita. El ritual de abrir un libro y encontrar la psiqué capturada en el signo de lo que no está pero todavía habla.
Los dioses del olimpo vinieron a revelarme la humanidad profunda de los motivos del amor, del odio, del destino. Todas las criaturas mitológicas tenían voz y hablaban de sus motivos. Del jardín primitivo pasé a la epopeya. Al canto de los hombres y su comunidad, a la deriva sobre un mar lleno de peligros y encantamientos de sirenas. El destino, la vida, era demasiado enorme para comprenderse, el pequeño detalle de la hoja en el talón de Aquiles no podía anticiparse, la furia de los dioses tampoco. Podía mantener el rumbo de un barco, evitar la zozobra, dejarme llevar por las fuerzas poderosas del viento a favor, poner proa en dirección al jardín primitivo que aguardaba en el tiempo sumergido de la lectura al fondo, más al fondo, de mí misma.
Durante muchas tardes jugué a inventar epopeyas acuáticas en una pileta casi abandonada. Desde la orilla me acompañaban iguanas curiosas, higueras de las que había que cuidarse y sol extremo. Como una escena de Monteiro Lobato: Emilia, la mazorca y los chicos jugaban conmigo y el lugar bien podía haber sido El benteveo. Debajo del agua el silencio era profundo y claro. Dejaba que las voces sonaran en mi interior mientras el pelo levitaba y yo levitaba, me volvía vegetal, me volvía agua.
Agradezco mucho esos días sueltos de urgencias y el olvido de los que me cuidaban porque de ese modo mi naturaleza silvestre se acompasó con la trama abierta de lo que leía sin tener otro motivo más que volver a un ritual amoroso. Los libros estaban disponibles para mí, me interesaban, eso era todo.
A veces volvieron. Las mil y una noches en su versión completa apareció en los estantes de una biblioteca ajena mientras estaba de visita. Tenía quince años, me había mudado a la ciudad, era tiempo de repliegue prudente. La casa a la que había ido parecía una torre de Babel, gente que iba y venía, fiesta con coreografías y yo que soy una bailarina errática me perdí en un pasillo angosto. Leí esa noche, me llevé el libro y seguí durante el día, no podía dejarlo. Nadie me dijo nada y si me hubieran dicho habría contestado que cada quién se rasca donde le pica. Hubo fiestas antes, habría después. Y con nadie podía hablar de esa otra fiesta secreta, el reencuentro con el damasco voluptuoso, eros de la letra, que ya estaba ahí, y ahora se abría también en el interior de las escenas.
Como lectora también soy bailarina errática, buena nadadora sobre todo y, si la ocasión invita, prefiero la levedad del cuerpo suspendido debajo del agua al estilo de velocidad sobre la superficie. La lentitud en los movimientos me acomoda.
Cuando escribo algo brota otra vez en mi jardín primitivo. Lo que soy ahora empezó durante aquel tiempo mitológico: eso otro que fue mi infancia.



jueves, 21 de septiembre de 2017

Sobre lectores de literatura o cómo la letra encuentra los modos del amor.


El mundo era para mí del tamaño de una casa
hace poco alguien
me preguntó por lo que escribo
—es de mi intimidad— le dije
—¿puede ser de otro modo?—
me miró pero yo estaba
subida a las ramas del damasco
del patio de mi casa
balbuceaba un nombre
y mi mano chiquita buscaba
una mano que lo traía.
Todo lo que soy viene de esos días.

¿De dónde vienen las palabras?
Yo creo que antes de las palabras hubo sonidos.
Las palabras crecieron de la música de las cosas, de los movimientos de las hojas en los árboles, de la lluvia, de los pájaros.
Y de las primeras voces que hablaron para nosotros como si comprendiéramos.
Comprendíamos.
Del mismo modo que comprendíamos el viento o una tormenta.
De esas voces nos llegaban sus matices: tristeza, alegría, enojo, exaltación. Antes de saber cómo se nombraban las emociones cada uno de nosotros supo de los sonidos que las transmitían de un cuerpo a otro.
¿Qué tiene que ver la literatura con esto que digo?
Yo creo que mucho.
 De esas voces que ya amábamos vinieron después  relatos y  poemas y nos llevaron a lugares recónditos de nosotros mismos —y del mundo— porque habíamos traspasado una creencia anterior y poderosa en la voz que se hace (después) palabra.
Ese es el trabajo de los lectores de literatura: escarbar al fondo de las palabras las emociones que guardan para cada uno. A veces esas emociones son compartidas. Y es una alegría.
Pero sucede en el espacio íntimo de cada lector.
Por eso los lectores necesitamos tiempo para dejar que flote dentro del cuerpo el perfume de lo que sentimos.

Las emociones se activan, arborecen, se ramifican porque las palabras así cultivadas evocan resonancias misteriosas. Mundos sonoros. Cosmogonías nuevas y mágicas. Libertad en los bordes de la palabra y sus efectos cuando todavía están un poco sueltas y se liberan casi salvajes, casi humanas.
Todos tenemos esa experiencia anterior con la vibración de los sonidos en el cuerpo. Algunos tienen la oportunidad de seguir el hilo de las resonancias y descubren que lo que se hunde más profundo en el misterio vuela más lejos sobre la superficie. La literatura es una manera de seguir el hilo. También pueden serlo la música, la pintura, el encuentro amoroso.
Es que la literatura habla la lengua del amor.
Por una gracia inexplicable nos es dado entrar a las palabras que escribió otro. Me gusta imaginar que las letras no son planas.  Que tienen aristas, intersecciones, orillas, entradas, salientes y profundidades. Como amantes a los lectores nos es dado entregarnos a la seducción de la letra. Si nos seduce, entonces, todo es posible. Un amor fugaz, apasionado, perdurable. Y todo es experiencia, conocimiento de uno mismo, porque no hay nada mejor para conocerse que el encuentro con otro. Otro que puede ser un libro de literatura. Los libros de literatura están hechos de una materia poderosa: letra que condensa evocaciones en ese borde salvaje con los sonidos. Dejar que la letra entre al cuerpo y el cuerpo a la letra con libertad. Que expanda el mundo de lo que somos a lo que ha sido otro y su misterio. Dejar que los sonidos  revelen eso anterior que vibra y eriza los sentidos.
Algo en la lectura de literatura permite abrirse a otro, franquear el límite del sí mismo y en ese borde en que suceden las cosas que no se pueden explicar, abandonarse, recibir  lo que el otro nos revela con la lectura. Es posible. Más allá de los significados evidentes hay significaciones personales y privadas. La lectura y el eros son expresiones de una enorme potencia vital.
Los lectores de literatura son resistentes a la domesticación.
¿Entonces qué hacemos los mediadores de lectura? ¿Qué enseñamos/transmitimos?
Tenemos una tarea delicada.
Quisiéramos dar continuidad a esa experiencia primaria de asombro. De descubrimiento. Y sabemos que la disponibilidad para el amor se contagia. Es necesario que alguien revele el misterio. La sospecha de un plus de placer en el encuentro con un libro de literatura tiene la naturaleza de romance. Hay un modo de contagio humano que tiene estructura de triángulo. Hay uno que seduce, uno seducido y otro que desea para sí eso que se muestra y oculta en un juego vital de desborde imaginario. La provocación sutil del imaginario anticipa el placer, lo expande, reverbera los efectos y potencia el deseo. Y cuando hablo de placer me refiero a esa conmoción del cuerpo que no está despojada de inquietud. La inquietud de lo que promete pero todavía no está.
Ver a un profesor tomado por el deseo: conmovido, divertido, salido de sí, perturba en el mejor sentido de la palabra. Inquieta. Provoca. Un romance apasionado, ustedes lo saben, es lo opuesto a la repetición. Al trámite burocrático de “tener que hacer” lo que se tiene que hacer para enseñar literatura. No hay fórmula: se inventa cada vez, se conecta con lo que sucede “ahí y ahora” a ese sujeto deseante que también es el profesor. Y ya sabemos que las experiencias amorosas convierten al amante en un mejor amante. Si está dispuesto a dejarse tocar por cada amor saldrá distinto y sabrá delicadezas nuevas para conectar con ese libro que lo ha enamorado. El profesor tiene un extenso prontuario amoroso. Menos mal.
Las recomendaciones también son cuestiones de empatía. Alguien siembra la sospecha de un  amor en potencia con un texto. Las listas objetivas, sin cuerpo que les de vida, me dejan fría. Los catálogos de lo que se debe leer, el canon, a veces obtura encuentros. Prefiero el triángulo también en esos casos. Porque los títulos inevitables vienen de la propia experiencia de lectura.
Nombrar algunos sería injusto. La memoria es esquiva y caprichosa. Además desconfío de esas listas que a veces parecen más un alarde de autoridad que un intercambio sensible entre lectores. Prefiero el recuerdo de escenas, libros en situación, por ejemplo, un verano a orillas de un río. Estábamos con mis hijos pequeños, había llevado El perfume de Patrick Suskind, empecé a leer y oler, todo junto, al mismo tiempo, la arena, el pasto, los pinos, la lluvia. Todos los olores alrededor mío fueron al libro y el libro al mundo. Mis hijos me parecían hermosos y frágiles y la idea de reducir existencia a esencia me pareció terrible y seductora. Lo monstruoso, sentí en aquel momento, está tan cerca, es parte de una y del mundo. Lo monstruoso es bello y devastador.

Esos juegos de los que hablo, juegos de lectores, son también modos de creación.
 Mucho después viene el esclarecimiento: prefiero lo ridículo de escribir poemas a lo ridículo de no escribirlos como dice la poeta Wislawa Szymborska. Prefiero lo ridículo de leer poemas a lo ridículo de no leerlos.
Con estas palabras quisiera despedirme y desearles buenos romances por el puro gusto de mostrar otros amores a sus alumnos, por entusiasmarlos, por dejar flotando las ganas de entrar a esta práctica humana, vital, actual, renovada cada vez que un lector entrega su cuerpo a la lectura porque para muchos de ellos la experiencia amorosa de iniciarse como lectores de literatura está en sus manos.

 Conferencia leída en el Congreso de San Jorge, La LIJ: RESTRICCIONES Y APERTURAS EN EL SIGLO XXI,  junio de 2017.